lunes, 3 de septiembre de 2012

Recuerdo para mi perrito Bobi.

La fecha más triste del calendario para mi es el 3 de septiembre. ¿El motivo? Que un día como hoy de hace 14 años mi perrito Bobi se fue al cielo, pues su corazón no pudo resistir más y se paró. Todos los días le doy gracias a Dios por permitirme estar a su lado en su último suspiro porque no me hubiera perdonado nunca que en su último instante de vida hubiera estado solo. 

Desde pequeñita había deseado tener una mascota pero la negativa de mis padres lo impidió, pues no teníamos ni recursos para mantenerlo ni disponibilidad de horario para atenderlo. Así que me resigné a ver a los otros canes en el parque, viendo como sus amos paseaban felices junto a ellos y me limité a soñar que algun día, cuando fuera mayor, tendría todos los que me había imaginado. Mi estima por el mundo canino llegó a tal punto que me sabía casi todas las razas existentes, sus características físicas, sus manías, sus caracteres, etc.

Y entonces un día, como ya era habitual cada lunes de Pascua, unos amigos de mis padres nos invitaron a su casa en el campo. Y allí estaba él, el perro más especial que tendré jamás. Estaba acompañado de otro perro y por lo visto se habían escapado de su casa y habían llegado hasta allí. Bobi era el mayor en edad pero también el pequeño en tamaño. Un pequinés con la cara más bonita que se haya visto jamás, un poco viejo, pero con un espíritu muy joven. Ya desde que nos vio se decidió a seguirnos... ¿caprichos del destino? Y nos enamoró. Hasta tal punto nos encandiló que no quería irme de allí sin él, porque ya desde ese mismo momento empecé a quererlo y sabía que si no me lo llevaba me arrepentiría, y lo echaría de menos. El único que se negó a llevárnoslo fue mi padre pero al ver que me había "encadenado" al columpio y que no me movería hasta irme con Bobi, finalmente aceptó y esa misma noche mi precioso perrito durmió bajo nuestro techo.

Días más tarde nos enteramos que el dueño de Bobi sólo había ido a buscar al otro que se había escapado, dejando a este a nuestro cargo, ya que, cómo él dijo, ya era viejo y no lo quería. ¡Qué alegría para nosotros! Ansiábamos a cada minuto que el dueño no nos los reclamara porque ya nos habíamos encariñado demasiado con él. Y se quedó, y fue nuestro. Y a pesar de que estaba malito pudo resistir 2 años y medio maravillosos a nuestro lado, y a pesar de su vejez nos hizo una familia muy feliz. Era increíble llegar a casa del colegio y que él nos esperara detrás de la puerta, salir de paseo con él, cuidarlo cuando estaba enfermo, disfrutar de su compañía, y, en definitiva, fue un placer quererlo y darle la mejor vejez que un perro pueda tener. No teníamos dinero pero a él nunca le faltó nada, ni un medicamento, ni un plato de comida, ni cariño; al contrario, nos desvivíamos por nuestro pequinés.

Pero llegó el día y esa noche Bobi ya no se tumbaba para dormir, no podía. Lo llevamos al veterinario y nos dijo que ya no podían hacer nada por él, y que lo mejor era ponerle la temida inyección para acabar más rápido con todo. En ese momento, yo me negué, pues no iba a quitarle ni un segundo de vida a mi perrito, aún albergaba una ínfima esperanza de que la veterinaria se equivocara. Así que nos lo llevamos a casa en brazos, pues él ya no podía ni andar. Al poco de llegar a casa, mi perrito falleció. Nunca podré olvidar su última mirada, llena de paz, pues el dolor se había acabado. Ahora, con el paso del tiempo, pienso que fui egoísta al negarle esa inyección a mi perro, pues no tenía derecho a hacerle sufrir más tiempo, no había remedio y le hubiera evitado dolor. Espero que desde donde esté pueda perdonarme. Ahora he entendido que querer es aliviar el sufrimiento del otro aún cuando ello provoque nuestro propio dolor.

No puedo evitar derramar unas lágrimas mientras escribo esto pero es que son tantos los recuerdos que me vienen a la memoria... 

Dedicado a mi Bobi. Siempre, siempre te querremos y nunca, nunca te olvidaremos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario